¡MÁTESE USTED Y VIVIRÁ FELIZ!

¡MÁTESE USTED Y VIVIRÁ FELIZ!

Enrique Jardiel Poncela

Mateo Ramos nació con el don de la oratoria , como podía haber nacido con una afección renal. No heredó aquella cualidad, pues sus padres no pudieron dejarle en herencia ni siquiera un cerebro selecto; así es que me sería dificilísimo explicar por qué misteriosas causas Mateo poseía el don de la oratoria.
Pero que lo poseía era indudable. Desde la cuna, la fuerza de su elocuencia se hizo sentir eficazmente a su alrededor. Su llanto al exigir -por ejemplo- el biberón, no era un llanto como el de los demás niños, ese llanto agudo, persistente e irresistible, merced al cual cuantos lo oyen piensan en el rey Herodes con melancólica nostalgia. Su llanto era apremiante, enérgico, electrizante e imperativo, igual que un clarín. Al percibirlo, todos los de la casa se precipitaban como centellas en busca del biberón, y a los pocos segundos Mateo se encontraba con seis biberones distintos para elegir. Su elocuencia empezaba a triunfar. Y siguió triunfando.

En los juegos infantiles le bastaban dos palabras para que todos los juguetes de sus amiguitos pasaran a sus manos.

En el Instituto no se movía la hoja de un árbol ni la hoja de un libro contra la voluntad de Mateo.

Y en la Universidad él llevaba a sus compañeros a la huelga o los encerraba en las aulas con sólo un discursillo de dos o tres minutos.

De suerte que Mateo Ramos, como los churreros avezados, podía ufanarse de mover la masa a su capricho.

Triunfó en la vida. Y fracasó en el amor; porque se esforzó en enamorar a las mujeres intensificando su elocuencia, nunca supo que a las mujeres se las enamora intensificando los besos.

Como todo aquel que fracasa en amor, Mateo se hizo pesimista.

(Es absurdo, pero cuando un hombre ve su amor rechazado por una mujer morena, en lugar de dedicarse a buscar una mujer rubia, que sería lo lógico, se dedica a decir que la vida es una comedia odiosa, la Humanidad una jaula de chacales y la Galvanoplastia una cosa muy importante).

Con su pesimismo a cuestas, Mateo se hizo reconcentrado y hosco; paseaba solo, llamaba idiotas a los vendedores de cacahuetes, pegaba puntapiés a los árboles y sacaba la lengua a las estatuas.

-¡Es un caso perdido! -pensaba yo al verle.

Por aquellos días ocurrió que una sociedad cultural invitó a Mateo a dar una conferencia en sus salones. Mateo accedió. Y declaró que el título de su charla sería este extraño consejo: “¡Mátese usted y vivirá feliz!”.

Me prometí no faltar al acto.

El local rebosaba de público. Había expectación enorme por oír al “rey de la oratoria”, como anunciaban los programas. Cuatro gramófonos esperaban que Mateo empezase a hablar para recoger en sus discos vírgenes cuanto dijese el conferenciante. Diez minutos más tarde el acto comenzaba.

Mateo Ramos prologó su charla asegurando que la vida no merecía la pena ser vivida.

Hizo observar cómo nuestra mayor razón de vivir estriba en crecer y multiplicarse, y construyó unos admirables períodos, demostrando que el crecer era una cosa aburridísima y que el multiplicarse sólo traía consigo dolores y sobresaltos.

Cuando todos estuvimos bien convencidos de que crecer y multiplicarse era una verdadera equivocación, Mateo pasó a estudiar los estímulos que tener los humanos para seguir viviendo. Eran éstos, según él, la riqueza, el poder, la paternidad, el amor, etc., etc.

-La riqueza no se alcanza casi nunca -dijo- y cuando se alcanza nos llena de terror el perderla y nos hacemos duros de corazón.

“El poder sólo lleva consigo angustias y tribulaciones -declaró- y la Muerte acaba con todo poder humano.

“La paternidad -dijo- nunca puede compensarnos del dolor de ver sufrir a los hijos.

Y adujo razones y más razones que fortificaban su tesis con una elocuencia arrebatadora.

Los oyentes estábamos ya hechos polvo. Casi todos llorábamos, muchos gemían a gritos.

-En cuanto al amor .siguió Mateo implacable- es una mentira gigantesca. Al año de habernos muerto la persona que nos adoraba sólo nos recuerda el día de nuestro santo. Y a los cinco años, ni el día de nuestro santo siquiera. ¿Qué nos queda, pues, para ser felices? ¡Nada, señores, nada! Por eso yo me encararía con el Hombre y le diría: “Mátese usted y vivirá feliz”. Por eso, yo...

Todavía la oratoria de Mateo fue derribando el edificio de la felicidad humana. Y su palabra tenía tal poder de sugestión que las personas del público fueron abandonando poco a poco el salón de actos y comenzaron a suicidarse en el vestíbulo.

Cada dos o tres segundos se oía un nuevo tiro.

-¡Ya ha caído otro! -pensaba yo con angustia.

Mateo seguía hablando arrebatadamente, y en el vestíbulo continuaba la racha de suicidios.

Al poco rato sólo yo quedaba en el salón. Intenté resistir a Mateo, pero no pude, y salí al vestíbulo y me tiré por el hueco de la escalera.

* * *

De las quinientas personas que habían compuesto el público de la conferencia, sólo un oficial de ingenieros y yo sobrevivimos después de tres meses de cama.

Como empezaba a fulgir la primavera y como no nos influía ahora la oratoria de Mateo, ambos estábamos encantados de vivir.

Una tarde, mientras merendábamos, alguien nos dio la noticia terrible:

-Mateo Ramos se ha suicidado ayer.

¿También Mateo? Yo no me explicaba aquello. Todo el mundo sabe que el que predica una cosa es siempre el único que no la hace. Los cirujanos no se dejan operar; los farmacéuticos no consienten en tomar ninguna medicina; los cocineros apenas si comen dos o tres fruslerías; los vendedores de aparatos no oyen nunca la radio; y las gallinas no toman huevos fritos.

¿Por qué, pues, Mateo que predicaba el suicidio, se había suicidado?

Me lo explicó al día siguiente el oficial.

-A Mateo -dijo- le ha convencido su propia oratoria. Parece ser que se había comprado los discos de gramófono impresionados con su conferencia. Pues bien; cuando los puso en su gramola y se oyó hablar a sí mismo, la fuerza de su oratoria era tal que Mateo quedó más impresionado aún que los discos y se comió dos kilos de estricnina.

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